Analytica

Triángulo de amor bizarro.

Por Julio Burdman

En la Cumbre del G20 sucedió algo que era previsible aunque no estuviera en la agenda programada. El presidente Donald Trump le hizo saber al gobierno argentino que su relación con China tiene límites. Con China se puede comerciar, las empresas pueden invertir, los swaps son un gran instrumento de estabilización financiera, pueden firmarse acuerdos varios. pero en principio, no en los temas que Washington considera “estratégicos”. Como la defensa, la seguridad o el desarrollo nuclear. Estados Unidos es un apoyo clave en el FMI, ya que buena parte de los países europeos se oponía al acuerdo firmado con la Argentina (o, por lo menos, al alcance amplio finalmente logrado). La opinión de Trump nos importa.

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Esto que viene sucediendo entre Washington y Buenos Aires es apenas un reflejo de la relación entre Estados Unidos y Brasil. Que es algo que interesa más aún a la Casa Blanca. La presencia de China en Brasil es mucho más importante que en Argentina, y además nuestro país vecino estableció relaciones políticas más intensas con la República Popular. En principio, porque forma parte del grupo BRICS. Y porque las inversiones chinas en Brasil sí llegaron a realizarse en industrias relacionadas con los mencionados “intereses estratégicos”.

Jair Bolsonaro recién asume el cargo el 1 de enero y no estuvo presente en Buenos Aires. Pero durante la Cumbre recibió en su casa a un colaborador clave de Trump, John Bolton. Quien dijo que ve con mucha esperanza una América del Sur liderada por Bolsonaro, Macri y (el nuevo presidente de Colombia, Iván) Duque. El ala política de la Casa Blanca, representada aquí por Bolton, espera que una región alineada con Washington permita contrabalancear la influencia de sus rivales geopolíticos ya declarados, que son Moscú y Pekín. Y nos quiere obligar a elegir.

Bolsonaro fue explícito durante su campaña electoral: quiere que Brasil reconstituya una alianza fuerte con Estados Unidos. Más fuerte que la que viene teniendo desde la democratización de 1985. Washington será uno de los primeros lugares que planea visitar como presidente de Brasil. Su visión de las relaciones internacionales es explícitamente occidentalista.

Naturalmente, el gobierno chino no piensa quedarse de brazos cruzados. La diplomacia china tiene otros modos, pero también se manifiesta. Mientras tenía lugar la Cumbre del G20, el embajador de China en Brasil Li Jinzhang aprovechó para hacer declaraciones a la prensa de su país. Dijo que en su país hay muchos empresarios dispuestos a invertir “pero para ello quiere saber si hay una dirección muy positiva en las relaciones entre los dos países”. China lanzó su advertencia: no quiere que las cosas cambien. Bolsonaro asegura que no lo hará, pero aún no terminan de creerle.

Es que Trump y Bolsonaro lucen muy parecidos entre sí, y dejan a todos la sensación de que se van a llevar estupendamente bien. Cuando el inminente nuevo gobierno de Brasil amenaza con una revisión del MERCOSUR, suena a tener manos libres para una relación directa con  Washington. Un Brasil que tiene estos planes no necesita a la región, y por lo tanto no necesita a la Argentina. A su vez, la apuesta estratégica de siempre de la política exterior argentina es convertirse en el aliado de Brasil (Duhalde-Kirchnerismo), o en el aliado de un Estados Unidos que mira con desconfianza los planes ambiciosos de Brasil (Menemismo). Esta nueva hipótesis de una excelente relación entre Trump y Bolsonaro deja a la Argentina en un posible lugar incómodo. Relegado por los dos.